El rito
Antes de irme a dormir, busco la bolsa de agua caliente. Tiene una funda de lana, puedo ubicarla, sin temor a quemarme, entre mis pies. Adquirí esa costumbre y la viejita que vive en mí se puso contenta. Mientras espero a la pava eléctrica, me recuesto en el piso y canto envuelta en una frazada. Lala me acompaña, lame mis manos y yo canto. Pero, de repente, muerde mis pies, Lala cazadora, sus pupilas se dilatan. Cuando me incorporo, todo lo que fui queda prendido al suelo, se desliza, se hace charco y yo desnuda, con un poco más de canas, lleno la bolsa de agua, la dejo entre las sábanas y escribo estas palabras. Entonces guardo todo lo que fui en una caja verde. Lejos, flota una vaga sensación de que alguna vez algo sucedió al ras del suelo. Lejos, alguien se desvistió hace mucho tiempo para incendiar por siempre las escamas y los besos, los fragmentos compartidos, las luces navideñas fuera de temporada y las canciones de amor que no supieron ser.
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